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Nota: Esta reseña salió originalmente para el Periódico ABC.

Hay una tendencia en los Estados Unidos en hacer películas para ensalzar la fe. No son películas bíblicas o que hablen de Dios, sino historias que resaltan que ser personas de Fe es la forma correcta de vivir.

Como quien dice, películas “con mensaje” o con una moraleja que te enseña “una verdad sobre la vida”. Hasta el Último Hombre, dirigida por Mel Gibson, se siente como una de esas películas.

Esta historia del género bélico tiene como protagonista a Desmond Doss (Un Andrew Garfield que cada día más crece a pasos gigantes como actor). El se hizo la promesa de nunca agarrar un arma para asesinar a alguien. Ni siquiera tocar un arma en cuestión para sostenerla.

El conflicto empieza cuando siente el deber de servir a su país en la Segunda Guerra Mundial como médico y a la vez cumplir su promesa.

La historia está basado en la vida real del protagonista, que fue el primer Objetor de Conciencia en ganar la Medalla de Honor por los servicios al ejército.

La vida de Desmond Doss es muy noble y loable, pero la forma en como se presenta en la película no lo es. Se siente del estilo de ‘Dios no está muerto’ pero con buen presupuesto. Digo esto porque la historia trata demasiado en enfatizar la fe de Desmond y que por ello logra superar todos sus obstáculos.

La historia es muy manipuladora. Y Gibson tiene parte de la culpa por ser el capitán del proyecto. Pero él no se deja nada en el bolsillo al dirigir la película con maestría, corazón y muchas agallas.

Y lo de agallas (o tripas) aplica literalmente. Gibson mantiene el estilo que lo hizo famoso con ‘La Pasión de Cristo’ y ‘Apocalypto’. Vísceras, órganos, sangre abundante en el diseño de producción de la película. Algo que le aporta mucha crudeza y realismo a la atmósfera de la historia.

La cinta nunca aburre, y eso que dura 2 horas con 20 minutos. Lamentablemente el fondo moralista la separa de la gran película de guerra que pudo ser.

Calificación: *** (de 5)